viernes, diciembre 16, 2005

ANELLA TONELLI QUE ESTAS EN EL CIELO, RUEGA POR MI Y LOS MIOS



En algunos lugares inhóspitos y desconocidos del mundo, personas poco corrientes persiguen su vocación entre los más pobres de los pobres. Annalena Tonelli, asesinada en el remoto Cuerno de África, era la más peculiar de todos.
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¿Quién era Annalena?. "No soy nadie", afirmó en una ocasión- .
Abogada de oficio, y una devota católica romana. Ala edad de 27, se fue a dar clases al noreste de Kenia, una zona poblada por somalíes étnicos, muchos de los cuales sufrían tuberculosis. Obtuvo diplomas en medicina tropical, medicina comunitaria, control de tuberculosis y control de la lepra, para poder llevar a cabo lo que ella vio como su verdadera vocación: tratar a los pacientes de tuberculosis. Se mudó a Somalia en 1986. En Borana vivió de una manera sencilla, sin posesiones, comiendo la misma comida que sus pacientes. Durante sus muchos años en Somalia, enfrentó varias veces el peligro, en una ocasión fue secuestrada y en diversas oportunidades fue víctima de golpes, bandidaje y amenazas de muerte. Pero ella rechazó cualquier idea de que su vida era de sacrificio."No hay sacrificio alguno. Es mera felicidad. ¿Quién en la Tierra tiene una vida tan hermosa?".
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SU LABOR.
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La doctora Tonelli, que tenía 60 años en el momento de su muerte, trabajaba como independiente, con una humildad casi surrealista. Evitaba toda publicidad y solo accedió a recoger el Nansen Refugee Award, el 25 de junio, que entrega el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) para llamar la atención del mundo sobre la crisis olvidada de Somalia.
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La doctora Tonelli pasó 30 años de su vida atendiendo a enfermos de tuberculosis, personas desplazadas y marginados sociales entre los somalíes nómadas, primero en Kenya y más tarde en Somalia. Tenía grandes facultades de organizadora y con el tiempo se convirtió en una experta en el tratamiento de la tuberculosis, a pesar de que tenía solo formación de jurista. Su innovador tratamiento ambulatorio de la tuberculosis fue aceptado por la Organización Mundial de la Salud (OMS), quien prestó su ayuda al hospital de la doctora, de 250 camas dedicadas a pacientes tuberculosos, en Borama (Somalia) y también por el Ministerio de Sanidad.
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El hospital era también el centro de una serie de programas de salud y sociales que apoyan el UNICEF, el ACNUR y CARITAS INTERNACIONAL, entre otras organizaciones.
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Más recientemente, había comenzado a facilitar cuidados y a fomentar la prevención ante el VIH/SIDA. El hecho de que acogiera a estos pacientes, ella y su equipo, produjo la admiración de las autoridades somalíes por su trabajo. Sin embargo, algunos miembros de esa comunidad albergan mucha prevención ante los enfermos. En las zonas desérticas, las enfermedades que implican un riesgo vital pueden llegar a amenazar la supervivencia misma del grupo; en el pasado, las víctimas de dichas enfermedades sufrían aislamiento e incluso abandono. Para algunos, los programas de la doctora Tonelli implicaban un alto riesgo de contagio, lo que provocaba una gran hostilidad.
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la misionera laica Annalena Tonelli murió fusilada el dia 5 DE OCTUBRE DE 2003 a manos de un presunto fundamentalista”. Estaba en Somalilandia, estado africano independizado unilateralmente de Somalia en 1991, lejos de la burocracia humanitaria y de las ONG parásitas, cerca de los refugiados, de los enfermos del sida, de los tuberculosos sin pasaporte, explica Amon. Las autoridades religiosas de este país “acordaron declararla ampulosamente persona non grata y víctima sacrificial del nuevo orden. No era extraño, por tanto, que un homicida circunstancial o profesional se aviniera a ejecutar la pena de muerte.” “Y es que Annalena Tonelli, epígono africano, anónimo y laico de la Madre Teresa, se había rebelado contra la discriminación de la mujer y contra la aplicación textual de algunas leyes islámicas. No podía tolerar las mutilaciones sexuales femeninas ni admitir que los desahuciados se amontonaran como chatarra” .
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Reproducimos aquí la vida de Annalena contada por ella misma. Todo un testimonio, muy poco frecuente, de humildad, valentía, y de un profundo e incondicional amor al Señor.
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“¿QUIEN TIENE UNA VIDA TAN HERMOSA COMO LA MIA?”Me llamo Annalena Tonelli.Nací en Italia, en la provincia de Forlí, en 1943.Trabajo en el área de la salud desde hace 30 años, pero no soy médica. Soy abogada y enseñé lengua inglesa en las escuelas superiores de Kenya. Tengo certificados y diplomas que me autorizan a ejercer una medicina práctica en el control de la tuberculosis en Kenya, tengo un título de Medicina Tropical y Comunitaria en Inglaterra y de Leprología en España. Dejé mi tierra natal en 1969 y desde entonces vivo al servicio de los somalíes. Elegí vivir para los otros: los pobres, los que sufren, los abandonados, los no amados. Lo decidí cuando era una nena y espero seguir en esto hasta el fin de mi vida. Sólo quería seguir a Jesús. Ninguna otra cosa me interesaba con tanta fuerza. EL y los pobres en EL. Por EL hice una elección de pobreza total... Si bien es cierto que jamás podré ser tan pobre como los pobres de los cuales están llenos cada uno de mis días. Vivo a su servicio, sin un nombre, sin la seguridad de una institución religiosa, sin pertenecer a ninguna organización, sin un sueldo mensual, sin aportes jubilatorios para que cuando envejezca pueda percibir una remuneración. Soy “no casada” porque así lo elegí para mi felicidad cuando era joven. Quería ser toda para Dios. Era una exigencia de todo mi ser la decisión de no tener una familia propia. Y así fue por la gracia de Dios.
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Tengo amigos que me ayudan a mí y a mi gente desde hace más de 30 años. Todo lo que hice lo pude hacer gracias a ellos, sobre todo los amigos del Comité para la Lucha contra el Hambre de Forlí. Naturalmente también están los amigos de distintas partes del mundo. Dejé Italia después de 6 años de servicio a organizaciones de ayuda a los más necesitados. En seguida entendí que se puede servir y amar en cualquier lugar del mundo, pero ya estaba instalada en Africa, y sentí que era Dios el que me había llevado allí y allí me quedé. Viajé decidida a gritar el Evangelio con la vida siguiendo la espiritualidad de Charles de Foucauld, quien había inflamado de amor y de entrega mi existencia. Treinta y tres años después intento gritar el Evangelio con mi vida y me quema el deseo de seguir gritando así hasta el final.
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“VIVO COMO ELLOS EN TODO LO QUE PUEDO”Trato de vivir con un respeto enorme por los “prójimos” que el Señor me ha confiado. Asumí hasta donde me es posible su estilo de vida. Vivo una vida muy sobria, tanto en la vivienda, la ropa, las comidas y los medios de transporte que uso. He renunciado por propia voluntad a las costumbres occidentales. Busco dialogar con todos. Y les doy cuidado y ternura con amor, fidelidad y pasión. El Señor me perdone si uso palabras demasiado grandes. Vivo en un mundo rígidamente musulmán. Estos últimos años estoy radicada en Borama, en el extremo noroeste de Somalía, sobre el límite con Etiopía y Djibouti. No hay aquí ningún cristiano con quien yo pueda compartir la fe. Dos veces al año, cerca de Navidad y de Pascua, el obispo de Djibouti viene a oficiar misa para mí. En 1984 el gobierno de Kenya, donde yo residía en ese momento, intentó cometer un genocidio contra una tribu de nómades. Eran 50.000 personas las que tenían que morir. Me interpuse, y logré detener la matanza. Sólo murieron mil pero me deportaron. Y me fui a Somalía. Antes fui arrestada, y llevada delante de la corte marcial. Las autoridades, todos blancos, cristianos, me informaron que me habían hecho dos emboscadas para matarme y que no habían llegado a hacerlo. Pero que de la tercera no saldría con vida.
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“EMPECE COMO MAESTRA MIENTRAS APRENDIA LA LENGUA DE ELLOS”A Kenya fui como maestra. Tenía que enseñar todas las materias porque faltaban docentes. Mientras, estudiaba la lengua local, la cultura y las tradiciones, con la profunda convicción que el conocimiento de la propia cultura es fuerza de liberación y de crecimiento. Pese a que me anunciaron que probablemente fuera rechazada por mi condición de mujer, fui muy bien aceptada, las clases poco a poco se fueron afianzando y los alumnos cada vez se involucraban más en el aprendizaje. Los resultados fueron óptimos y hoy muchos de ellos ocupan cargos importantes en ministerios y áreas de gobierno. En los primeros años compartí con ellos una durísima experiencia: se produjo una época de fuerte sequía, gran pobreza y un hambre generalizada de la que nadie se salvó. Puedo decir, porque la viví en carne propia, que el hambre es una experiencia tan traumática que hasta hace peligrar la fe. En ese momento me llevé a vivir conmigo a 14 chiquitos enfermos de “hambre”. Uno de ellos me llegaba al corazón y doné sangre para él y le pedí a los que estaban mejor que hicieran lo mismo. Pudimos vencer los prejuicios y los tabúes, y en ese contexto islámico, el amor pudo generar amor...
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“Y SEGUI CON LOS TUBERCULOSOS, LOS MAS ABANDONADOS Y DESPROTEGIDOS...”Sí,. los tuberculosos eran la gente más abandonada, más rechazada, más excluida en la sociedad somalí. La pobreza y el hambre son el caldo de cultivo ideal para que esta enfermedad infecte prácticamente a toda la población, si bien no todos desarrollan con gravedad esta enfermedad. Aquí todo estaba en mi contra: era joven y por lo tanto no era digna de ser respetada y escuchada. Era blanca y por lo tanto despreciada. Y era cristiana, y entonces doblemente despreciada rechazada y temida. Tenían miedo de que hubiera ido a Wajir para hacer campaña de conversión religiosa. Y además era soltera, un absurdo en esa sociedad donde el celibato no existe y no es un valor para nadie. Más aún, es un desvalor... Treinta años después, por el hecho de no estar casada, soy todavía mirada con compasión y con desprecio por el mundo somalí que no me conoce. Sólo quien me conoce bien dice y repite hasta el cansancio que yo soy somalí como ellos, y que soy madre auténtica de todos aquellos a quienes he salvado, curado, ayudado...Empecé a estudiar la enfermedad, a observar a los enfermos, y a estar con ellos todo el día. Les daba de comer, y me quedaba al lado de ellos cuando no tenían a nadie que se ocupase de ellos, que los mirase a los ojos, que les infundiera fuerza. Después de algunos años, cuando en el hospital algún enfermo intuía que la muerte estaba cercana, quería que yo estuviera al lado de él para sentirse amado.
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“LO MAS DIFICIL: QUE LOS ENFERMOS TOMARAN LA MEDICACION TODOS LOS DIAS”En el desierto no se conocían tratamientos que fueran seguidos puntualmente por los paciente. Cuando en 1976 la Organización Mundial de la Salud (OMS) me nombró responsable de un proyecto de curación para los tuberculosos nómades de la zona sentí la responsabilidad de dirigir un plan piloto único en territorio africano. Se me pidió que “inventara” un sistema que garantizara que los enfermos siguieran el tratamiento antituberculoso, puntualmente todos los días durante seis meses. Se trataba de un proyecto experimental, ya que hasta ese momento los tratamientos antituberculosos consistían en la ingesta diaria de los medicamentos durante dieciocho meses.Entonces, me uní a algunas compañeras que habían fundado un centro de rehabilitación para discapacitados físicos, y allí le pedí a mis enfermos que se detuvieran para hacer tranquilos y constantes el tratamiento contra la tuberculosis. Formamos una familia. Recibíamos a los poliomielíticos, a los ciegos, sordomudos, discapacitados físicos o mentales y a todos los enfermos que estaban solos y abandonados. Poco a poco los nómades se iban acercando, y construían pequeñas cabañas donde alojarse con sus familias. Por seis meses la ingestión diaria de los medicamentos era rigurosamente vigilada hasta que después de constatar la curación, se marchaban con sus camellos a seguir su camino...
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“ELLOS MUSULMANES, YO CRISTIANA...”Gracias a la tuberculosis, qué ironía, empezamos con los somalíes una gran aventura de amor, un regalo de Dios. La gente empezó a decir que quizás también nosotros, los cristianos, iríamos al paraíso, como ellos, los musulmanes. Cuando estuve amenazada por detener ese genocidio, entonces decían que sí, que seguramente también nosotros iríamos al paraíso.Algunos nos ponían de ejemplo, como un viejo jefe de la comunidad, que me dijo: “Nosotros los musulmanes tenemos la fe. Ustedes tienen el amor...”.En Borama, donde vivo hoy, la gente ora intensamente para que me convierta al islamismo. Pero hablan del tema con mucha delicadeza y agregan siempre que ‘Dios sabe’ y que iré al paraíso aunque sea cristiana. No quieren que me sienta herida y me cuentan que Mahoma, como Jesús, comía con los leprosos en el mismo plato, sentía compasión por los pobres y demostraba un gran amor por los pequeños... Cuando después de muchos años, me fui por un mes a Roma, ellos entendieron perfectamente mi viaje como un peregrinaje a la ciudad de la fe. Como ellos deben ir a la Meca, la ciudad de Mahoma por lo menos una vez en la vida, así se sentían ellos felices por mí que podía hacer ese peregrinaje a Roma. Y esperaban alegres mi vuelta para que les contara y compartiera con ellos mi experiencia. Y yo creo, en un sentido mucho más amplio, que el diálogo con las otras religiones es éste. Es sencillamente, compartir. No hay necesidad casi de palabras. El diálogo es vida vivida sin palabras. Por lo menos así lo vivo yo.
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“APRENDIMOS A CRECER JUNTOS”Treinta años de Africa me han enseñado mucho. Los enfermos vienen al hospital como personas mortificadas, sufrientes, asustados, aplastados, infelices. Y en el hospital vemos a todos los enfermos todos los días, hablamos con ellos, nos ocupamos de sus problemas, los escuchamos. Y ellos de a poco se van liberando, se sienten mejor, se alejan de la oscuridad. Por eso abrimos escuelas: para el que quiere estudiar el Corán, para el que quiere aprender a leer y escribir, o aprender inglés.Creo fervientemente que cuando alguien es capaz de vivir en Dios, estamos frente a un milagro de la gracia. Pero también es cierto que con la educación la persona se convierte más fácilmente en alguien capaz de vivir en Dios su creador y dador de todo bien. Charlando con nosotros, aprendiendo en las escuelas van adquiriendo confianza en sí mismos, se convencen de las ventajas de tomar los medicamentos y curar sus enfermedades, dejan de sufrir, empiezan a entender y a apreciar los valores universales del bien, de la verdad, de la paz, del abandono en Dios. “Alá nos lo dio. Alá nos lo quitó. Sea bendecido el nombre de Alá”, dicen. Y aprenden a afrontar el sufrimiento físico y la muerte, a no temerles... ¡Alá está! Alá sabe, conoce, guía...Juntos hablamos de todo esto, todos los días. Nos fortalecemos recíprocamente. Encontramos fuerza y confianza en esta certeza que tenemos que conquistar cada día, y la vida de ellos cambia y nuestra vida cambia. Cada vez más convencidos, más profundamente convencidos de nuestra capacidad de vivir juntos en la presencia del Señor.”.